Aloha!

surfer-girls

surfer-girl

Hoy muero por ser esa chica que a simple vista no tiene muchas aptitudes para subirse a una tabla de surf, pero que tiene un sueño y oiga, tener un sueño hoy en día no es moco de pavo. Que andamos todos tan a lo nuestro que ni tiempo de soñar nos queda, y además los sueños últimamente vienen con hashtag, #aquímequedo #venabuscarme #supermegafelices. Así que yo quiero un sueño de los de antes, algo así como… ¡ay corre! ayúdame a  guardar la tabla de surf debajo de la cama para que no la vea mamá. Porque no se si os he contado que mamá este verano quiere que me vaya a pasar las vacaciones a casa de tía Mary. En realidad lo que quiere mamá es que intime con el hijo del vecino de tía Mary. No es mala persona, es educado y seguramente ahora ya no tenga granos y hasta sea mono, pero es soporífero. Mamá siempre ha pensado que sus problemas con papá tienen su raíz en la naturaleza extrovertida y sociable de mi padre. Piensa mamá, que si él hubiera sido más tranquilo, quizá no se hubiera dedicado a perseguir a todas las secretarias que han pasado por su despacho. Yo creo que es al revés, si ella hubiera sido menos tiesa y de vez en cuando hubiera permitido que algún mechón se le escapara del moño, papá nunca habría perseguido a esas mujeres. O quizá todo hubiera ido mejor para ambos si antes de casarse se hubieran enamorado. Porque debe ser muy difícil convivir con papá siendo mamá y con mamá siendo papá, pero debe ser todavía más difícil hacerlo, si lo único que tienes en común es el amor que sienten tus respectivas familias por hacer más grande el patrimonio. Así que y aunque a mamá se le desbarate el moño entero cuando se entere, yo este año me voy a Hawai. Y si quieren que vengan a buscarme allí, mamá, papá, tía Mary y su vecino.  Ya me imagino a mi misma oliendo todo el día a sal, con el pelo despeinado, descalza y con la cara llena de pecas, que es algo que me pesa a poquito que me den unos rayos de sol. Pienso bailar como una loca toda la noche alrededor de una hoguera y quien sabe, a lo mejor conozco allí a Elvis Presley, dicen en el Variety que es probable que ruede allí su próxima película. En cualquier caso yo no voy buscando marido, que de eso ya se encargan en casa, yo lo que quiero es  hacer surf y por el camino, por qué no, aprender también algo de la vida. Mis amigas, solo se lo he contado a las dos más íntimas que esta ciudad es muy dada al chisme, dicen que no me entienden, que donde se ponga un verano en Los Hamptons en casa de tía Mary, que se quite esa isla inhóspita, llena de hombres salvajes, tatuados, sin normas, sin protocolo, sin educación, sin ropa. Y es justo esto con lo que yo sueño. Con un verano que si al final no me cambia la vida y acabo casándome con el vecino de tía Mary,  al menos me haga sentir durante el resto de mi vida, que algún día estuve viva. Un verano que se me dibuje en la comisura de los labios cuando me mire en el espejo para ver si se me ha soltado algún mechón del moño.

FRANKIE.

Catherine Deneuve.

Catherine Deneuve.

Hoy muero por ser ella, por ser esta mujer que acaba de llevar a su ya marido al altar, porque no nos engañemos, él no se ha casado con ella, ha sido ella la que se ha casado con él. Y lo de menos, es que ni se le despeine el flequillo cuando se le levanta el vestido y se le ven sus bragas de novia, es su mirada la que dice, que sí, que ahora llevo falda, pero en cuanto partamos la tarta y coloque las figuritas de los novios en la estantería del salón, me calzo los pantalones y a mi éste no me tose. Si alguien me estaba imaginando cocinando deliciosos pasteles de carne y tartas de frambuesa para cuando llegue mi maridito cenar juntos a la luz de las velas, que deje de imaginar ya. Esa no será mi vida. Yo me veo más bien en mitad de la ciudad volviendo de compras un día cualquiera. Corro a  resguardarme en una librería pequeña y abarrotada. Ha empezado a llover a mares y mi gabardina está empapada. Entro haciéndome notar, en este caso no por voluntad propia, es que justo encima de la puerta hay colgado un manojo de campanillas que avisan al librero de que ha entrado alguien. El librero es un señor mayor, amable, tiene los ojos cansados, de leer, seguro, pero también de haber visto muchas cosas. Me hace entrar y me invita a dejar la gabardina en el perchero, suelto también las bolsas que llevo en las manos, me quito los guantes y me dejo llevar por los pasillos de estantes. Hay poesía, historia, ensayo, filosofía, novela, arte, fotografía… al principio no me paro en ninguno, los miro esperando que alguno me llame a gritos, que me pida que le saque de entre la multitud de libros, que le libre de la opresión de sus semejantes, que le conceda la oportunidad de enamorarme. Es así como acabo cogiendo una edición preciosa del Frankestein de Mary Shelley. He perdido la cuenta de las veces que lo he leído, pero aun así, acaba entre mis manos. Supongo que es la irresistible tentación de jugar a ser Dios lo que tanto me fascina de esta historia, eso y que termina mal. Avanzo con la nariz metida en el libro hacia la zona más profunda de la tienda y casi me parto la cabeza al tropezarme con un chico. No debe tener más de 20 años y a sus ojos les pasa lo contrario que a los del librero, están frescos, vivos, ansiosos por leer, por ver, por conocer. Se disculpa, le tiembla la voz, me he dado cuenta de que le he puesto muy nervioso. Pobre, él no lo sabe pero acaba de abrir mi caja de los truenos. Y es que no lo puedo evitar, es saberme en una posición de superioridad y no poder hacer nada para remediarlo. Desde este momento su destino está en mis manos. Es así. Siempre me pasa. A partir de ahora todas las semana bajaré un par de veces a la ciudad, haré alguna gestión, alguna compra rápida y pasaré por la librería. El librero nunca dirá nada, nunca comentará nada. Me cobrará religiosamente los libros que me lleve cada semana. Sabe que su sobrino lo va a pasar mal, pero también sabe que eso es la vida. Durante casi un año me encontraré en el fondo de la librería con él,  primero casi no se atreverá a tocarme, luego se envalentonará, se crecerá, creerá que sabe lo que hace, que sabe lo que me hace. Me empezará a contar sus sueños, quiere viajar por el mundo, escribir lo que le pase, no tener un lugar fijo al que volver. Después me incluirá en sus sueños y entonces, todo terminará mal. Yo dejaré de ir a la librería y su tío le impedirá ir a mi casa a contarle todo a mi marido. Un par de meses más tarde me llegará a casa un paquete, es el Frankestein del primer día y dentro una nota; para cuando el libro esté en mis manos él estará muy lejos. Durante una temporada dejaré de jugar a ser Dios como en la historia de mi querido monstruo. Y quizá esa noche, solo esa noche, haga pastel de carne y tarta de frambuesas para cenar a la luz de las velas.

Dame la mano.

Francis Ford Coppola and Sofia Coppola on the set of 'The Godfather II' (1974)

Francis Ford Coppola and Sofia Coppola on the set of ‘The Godfather II’ (1974)


Hoy muero por ser la dueña de esas manitas regordetas que agarran otras más regordetas todavía. Y así volver automáticamente a ser una mocosa de leotardos sucios y mal puestos. Una niña que no necesita nada más en el mundo que estar al lado de su padre, el resto da igual, tu padre se encarga de ello. Pero claro todo no será así siempre, a veces tu padre te regañará, te llevará la contraria y te castigará. Quizá se sienta culpable y en menos de un minuto  piense eso de “con lo poquito que estoy con ella, mejor no estar de malas” y entonces te levante el castigo y tú le hagas morritos y los dos os pongáis a dibujar o a montar el tren que luego no recogerás y que será el motivo de un nuevo castigo. Esta vez de los que duran, claro que en este caso será tu madre la encargada, la malvada castigadora. Y luego te harás adolescente y no recordarás que jugabas a los trenes, y tampoco recordarás que tenías una hora de llegada, unas obligaciones familiares y que la vida no era gratis. Pero después de discusiones terribles, con todos en casa enfadados y encerrados en diferentes habitaciones, elegirás entrar en la que sabes que siempre está tu padre y tus manos que ya no son regordetas pero siguen teniendo poderes mágicos, convertirán el ceño fruncido de tu padre en una sonrisa burlona, os tragaréis las carcajadas para que no os oiga mamá. Y entonces un día tomarás el camino equivocado o quizá el camino equivocado te tome a ti. Y decidas que no vas a perder más tiempo de tu preciosa vida estudiando. Que nada te puede enseñar más que la experiencia, que la libertad no la enseñan los libros y la libertad es sabia y poderosa. Y para qué engañarnos la libertad tiene unos ojos azules que cortan la respiración, una piel morena curtida por el sol y las olas de las playas más salvajes del mundo y un cuerpo esculpido a golpe de tabla de surf. Y ahora sí, tu padre se habrá tragado de verdad no solo las carcajadas, también la sonrisa burlona. Y a ti te dará igual, la libertad te hace sentir tan completa y huele tan bien que no echarás nada de menos. Y no habrá manos con poderes, ni conversaciones. Ya no habrá comidas familiares, ni sesiones de sillón, cine y palomitas, ni regalos que no te mereces, ni esa cazadora tan cara, ni su figura enorme en el quicio de tu puerta asegurándose de que no hay monstruos en tu cuarto, aunque tu hace mucho que ya no creyeras en los monstruos. Y ¡oh sorpresa! la malvada castigadora sí que estará ahí, pero ya no será ni malvada ni castigadora. Será la que corra al teléfono cuando llames desde una playa con otro huso horario, la que te pase dinero de estranjis cuando las cosas se empiecen a poner feas y la que te abrace, como cuando eras pequeña y tenías una pesadilla, el día que la libertad te deje libre y tu no tengas lágrimas suficientes en el cuerpo para sacar fuera todo el dolor que esto te ha provocado. Será también ella la que te empuje a la habitación donde siempre se encierra tu padre y se pondrá seria y os amenazará con ser ella la que se largará si no arregláis las cosas. Y tu padre verá tus lagrimas desbordarse por tus ojos y con sus regordetas manazas tratará de hacerlas desaparecer y tus manos recobrarán la memoria y volverán a sentir lo a salvo que estabas al agarrarte a ellas. Y al otro lado de la puerta, la malvada castigadora se sentirá dios arreglando el mundo, aunque no logre nunca quitarse el pellizco de los celos por no tener manos regordetas.

Llámame Viernes.

festival_del_cinema_di_venezia_paul-newman

Hoy muero por hacerme unos largos en esos inmensos ojos azules, (venga os dejo, llamadme cursi, relamida, hortera…) tirarme de cabeza allí dentro, en traje de baño, o mejor sin traje de baño y nadar, nadar, nadar, hasta quedar exhausta; y cuando ya casi no pueda respirar, alcanzar la orilla de una playa de arena blanca, tan blanca que casi me haga daño, tan blanca que piense que estoy muerta y que así es el cielo.  Despertar al cabo de un rato en sus brazos y que con voz tranquila y ronca me cuente que los dos estábamos en la cubierta del yate de un amigo, que nos estábamos mirando cuando de repente el barco encalló y que salimos despedidos. Los demás quizá pudieron alcanzar el bote salvavidas, o quizá no. En cualquier caso somos los dos únicos habitantes de una isla tan minúscula como preciosa. El horizonte es infinito y está lleno de mar por todas partes. Y no se si es por esa sonrisa de medio lado con la que me mira o porque yo soy muy de ver siempre el vaso medio lleno, el caso es que no siento pánico en ningún momento. Al contrario me dan unas ganas tremendas de besarle y como no tengo vergüenza que perder, porque os recuerdo que había llegado a la isla desnuda, pues eso hago. Y una cosa lleva a la otra… así que nos pasamos dos semanas largas retozando sin parar siguiendo el ciclo solar, es decir a la sombra de día y en cualquier lugar de noche. Paramos solo para comer alguna fruta y beber agua de coco. En algún momento y de mutuo acuerdo, decidimos empezar a llevar una vida más ordenada y levantamos una chocita que nada tiene que envidiar a las de los resort de lujo. Poco a poco nos vamos instalando en una maravillosa rutina, pescamos por la mañana y mientras yo busco alguna fruta para el postre, él cocina. Ha inventado una salsa de tomate de chuparse los dedos, -sí de tomate, es mi isla, es mi sueño y hay tomates- le pone una hierba autóctona y sabe a gloria. Y ahí estamos tan ricamente hasta que un día sin avisar llega un barco con unos excursionistas y nos rescatan. Nos cuesta un poco adaptarnos a la vida normal e intentamos mantener alguna de nuestras rutinas de la isla, así que pronto nuestros amigos prueban la salsa de tomate y casi sin darnos cuenta empezamos a fabricarla de manera masiva. La salsa de tomate se hace famosa en el mundo entero, la etiqueta lleva impresa su cara y nosotros nos hacemos millonarios. Tan millonarios que decidimos comprar nuestra isla minúscula y preciosa, y volver allí pequeñas temporadas de 15 días para retozar siguiendo el ciclo solar.

Amigas.

La piscine directed by Jacques Deray with Romy Schneider.

La piscine directed by Jacques Deray with Romy Schneider.

Hoy muero por dormir como ella, a pierna suelta, así sin camisón, ni pijama ni camisetita de tirantes ni siquiera con las gotitas de Chanel de la rubia famosa. Con una alfombra de pelo largo por colchón y una sabanita tapándome el culillo para no resfriarme. Pero sobre todo quiero dormir cansada, extenuada, caer rendida, no poder más. Dormir sin el peso del mañana. Sin kilos de remordimiento haciéndome mella en la escoliosis de la espalda. Y ya mañana habrá tiempo de pensar en ayer, de lamentar lo hecho, de dejarle espacio en la conciencia al “quien me mandaría a mi “. Porque no nos engañemos, una no llega a estos niveles de placidez sin que medie algo de maldad. Y aunque yo no tenga el umbral de la maldad en niveles de mojigatería, se que mañana, después de retozar un rato, aun con los ojos cerrados, sintiendo el gustito de la alfombra en mi pecho, llegará ese punto de no retorno en el que recuerde punto por punto qué hago yo aquí y en qué circunstancias he llegado. Aceptando que le eche una parte de la culpa al alcohol ingerido en forma de cócteles exóticos como si no hubiera mañana, o quizá para que no lo hubiera, tendré que reconocer para mis adentros que era absolutamente consciente de todo lo que estaba pasando ayer. Diré más, provoqué todo lo que pasó ayer. Pero eso llegará después de haber dormido como cuando era un bebé. Entonces reconoceré que no está bien acostarse con el marido de tu mejor amiga. Que no vale como excusa que ellos estén pasando una crisis, ni siquiera te exime de culpa saber que tu amiga se haya relacionado íntimamente  con los diferentes oficios que se encargan del mantenimiento de la casa. Eso son sus asuntos, sus cuernos son suyos, y tú tenías que haber permanecido siendo la amiga que escucha cuando le cuentan y que aconseja cuando le piden consejo. La que cuando la discusión de turno hace más daño del habitual, corre a curar las heridas con una tarde de compras, una sesión de peluquería o varias rondas de daiquiris de fresa. Nunca debiste caer en la trampa, nunca debiste dejar que en la cena la conversación de vuestros maridos empezará a tomar un cariz un tanto subido de tono. No debiste mantener la mirada y contestar a tu marido  “si de verdad crees que el intercambio de parejas es algo que hay que hacer, a qué esperamos”. Sabes perfectamente que estaba borracho y que quería hacerse el moderno, que siempre se sintió inferior  al marido de tu amiga, tan viajado, tan de mundo, tan experimentado, tan guapo. Y después de eso debiste evitar que se fuera al dormitorio con tu amiga. Pero claro, para ese momento tú ya estabas mezclando el sabor que había dejado en tu boca el peppermint con el amargo whisky que llevaba toda la noche bebiendo el marido de tu amiga. Podías al menos haberlo vivido como algo rutinario, sexo de ese que quita el gusanillo pero no trasciende. Pero no, lo convertiste en algo sublime, en algo memorable, en algo con lo que comparar por el resto de tus días. Así que a partir de mañana, si el divorcio no lo remedia, cada discusión que provocará este tema, y serán muchas y recurrentes, tendrá una mezcla inconfesable de remordimiento y satisfacción. Como mezclar peppermint con whisky de 12 años.

Vivan los novios.

Baile nupcial.

Baile nupcial.

Hoy muero por alargar hasta el fin de mis días este momento. Porque él nunca deje de abrazarme y yo me sienta siempre protegida, descansando en su pecho, respirándole en el cuello, muy cerquita de su oreja. Es un tópico, pero se me ha borrado el mundo alrededor y ni siquiera escucho la música, me mueven las vibraciones que no se si son de los altavoces o de mi corazón. Seguro que es mi corazón, y si me parara y le preguntara al resto seguro que ellos me dirían que también lo están oyendo, pero qué me importa a mi el resto. Y seguro que todo esto, lo de mi corazón latiendo como si hubiera hecho una master class de spinning, las mariposas en la tripa y la sonrisa bobalicona y perenne, tiene una explicación racional y sesuda. Pero yo no se la encuentro. Para mí es magia al más puro estilo Disney. Porque, qué tiene de lógico que siendo de partes opuestas del mundo, nos encontráramos en el mostrador de ventas de un aeropuerto intentando coger un vuelo porque los dos, habíamos perdido el nuestro por quedarnos dormidos. Y lo que es todavía más raro, que los dos consiguiéramos plaza en diferentes aviones para llegar al mismo destino y que nuestras maletas fueran las últimas en salir y que yo no estuviera de mal humor por el jet lag y que en ese momento mi destino se pusiera charlatán y tocándome el hombro, y así flojito casi como si me contara un secreto me dijera: -¿te has fijado?, sí es él y es mono, muuuy mono. Y no te vuelvas ahora que te está mirando, o ¡qué carajo! vuélvete, sonríele como sólo tú sabes hacerlo, deja que te salga el hoyuelo en el moflete, enamórale, llévatelo de calle o mejor a la habitación de un hotel, y vuelve a perder un vuelo, total en eso tenéis los dos experiencia. Y luego recorred juntos el Gran Bazar y comprad recuerdos y soñad con que los pondréis encima de la chimenea en esa casa de campo, sí esa, la que se ve a lo lejos solitaria y preciosa, en la que huele a café y pan tostado por la mañana. Y volved al hotel y pedid comida y no salgáis hasta que os reconozcáis a oscuras, cuando la yema de tus dedos haya cambiado tu ADN por el suyo.  Y organizad una cena con todos los amigos y contadles que estáis enamorados y demostrádselo a riesgo de parecer empalagosos. Y dale a tu madre una alegría, y deja que tu abuela eche su lagrimita y te bese mucho y con ruido. Y  brindad mucho, por todo lo bueno que ha pasado y por todo lo bueno que pasará. Y que suene la música, y que cada canción sea vuestra canción y no dejéis de bailar en toda la noche, si hace falta, te quitas los zapatos de tacón.

No ketchup, please.

New York hot dog style.

New York hot dog style.

Hoy muero por hincarle el diente a este manjar de dioses, sí ya se que es un vulgar perrito caliente, además con lo básico, ni cebollita frita, ni chucrut, ni pepinillos agridulces. Pero para mi es como darle un bocado a la ingenuidad, sí eso es, para mi la ingenuidad sabe a hot dog callejero. Y a estas alturas de mi vida de vez en cuando necesito una vuelta a las aceras, y comer por pocos dólares y mancharme la boca de mostaza y limpiármela con la mano y recordar, necesito recordar por qué estoy aquí. Y necesito volver a ser crédula. Confiada. Necesito volver a pensar que vine aquí a desarrollar mi vocación, a dar rienda suelta a todo eso que me bullía por dentro y que en mi ciudad natal no conseguía sacar. Tengo que volver a pensar, al menos por un momento, que tengo talento. Y que estoy en este negocio por mi talento y sólo por mi talento. Y si no consigo volver a pensar eso no podré pisar de nuevo una alfombra roja, ni subirme a unos tacones, ni llevar carísimos trajes, ni sonreír a los fotógrafos, ni hacer gestos cariñosos a mi novio-contrato de la temporada. Con cada bocado de salchicha, suena poco evocador, pero la vida no es Broadway, vuelvo a recordar los nervios que tenía en mis primeras audiciones. Cuando me aprendía de memoria los textos fonéticamente porque no tenía ni papa de inglés. Cuando iba sin maquillar a las pruebas porque creía que mi arte se entendería mejor desnudo, sin aditivos. La amalgama de vete tú a saber qué, que lleve esta carne, me transporta a cuando gastaba hasta el último dólar en una entrada para cualquier obra del Off, y llegaba la primera a la sala porque quería respirar el aire del teatro sin contaminar por el público, quería intuir cualquier pequeño movimiento tras las cortinas del escenario, quería que mis ojos estuvieran suficientemente acostumbrados a la oscuridad cuando se apagasen las luces y se abriera el telón para no perderme ni siquiera un segundo. Pero debo estar haciéndome mayor, porque  de un tiempo a esta parte un sólo hot dog no es suficiente, necesitaría tres o cuatro. Y eso supondría saltarme la dieta y quizá no entrar en ese traje que ha elegido por mi una estilista y que no es sólo un traje. Es  un gesto de amistad por mi parte para con ese diseñador que tuvo un pequeño traspiés en su carrera y que ahora vuelve, humildemente, a tocar en la puerta del Olimpo de los trajes de photocall. Una muestra de mi carácter benévolo y de mi comprensión de las debilidades humanas para con esos que, en algún momento de su vida se descarrían, pero que sobre todo son capaces de volver con el rabo entre las piernas. Pues eso, que necesitaría tres o cuatro perritos callejeros para olvidar que de mi talento desnudo interesaba más el desnudo que el talento. Y que no necesité grandes conocimientos de literatura inglesa para entender la profundidad de los textos que tenían mis papeles. Y que había que agradecer la confianza que depositaban en mi, a puerta cerrada. Eso sí, a puerta cerrada en mi propia caravana que para eso era una estrella. Y que tendría que negar cualquier relación con ese productor casado, aunque hasta mi madre hubiera visto las fotos en el periódico local de la fiesta que dio en su barco y donde entre copa y copa de champagne me juraba, y yo le creía, que dejaría a su mujer en cuanto volviéramos a tierra. Y en fin, que la vida no suele ser tampoco como en las pelis de la sobremesa de los domingos. Pero que  siempre nos quedará París, aunque mi París sea un puesto de perritos en cualquier acera de Nueva York.